lunes, agosto 14, 2006

Las antiguas costumbres

Estaba paseando ayer cerca de las murallas de un antiguo castillo justo al ocaso, cuando esa combinación mágica de colores se dibuja en el cielo (una paleta de tonos naranjas que mi compañera de viaje intentaba capturar con su cámara), cuando me atrapó un sentimiento tan conocido ya como el olor del amante de años: la insignificancia de los actos individuales, del individuo en si. El grano de arena en la playa que somos al lado de estas piedras más antiguas que la memoria de nuestros propios ancestros. Ellas nos sobrevivirán a nosotros y a los hijos de nuestros hijos y a los hijos de los hijos de nuestros hijos...Descubrirán nuevos amores, nuevas rupturas, nuevos nacimientos...seguiran impetérritas nuestros devenires, nuestro terrible afán y estúpida creencia de creer estar cambiando nuestras propias costumbres, nuestras propias existencias. Cuando precisamente esos granos de arena que tan rapidamente se hacen montañas, se deshacen con la misma velocidad con una gentil y dulce brisa. Ahí está el contraste de la magnificencia de esos muros y la fragilidad de nuestros huesos. Precisamente ahí está el finísimo hilo de agua que separa las antiguas de las nuevas costumbres...¿o las une? ¿logramos armonizarlas...?
Otro recuerdo bien diferente pasó por mi mente por un instante: la última visita que había hecho a ese castillo, la compañía y los tesoros escondidos que descubrimos y llevamos a casa. Pero ni ayer le di más de un minuto de vida a ese pensamiento, ni hoy pienso hacerlo.

El estruendo del mar me llama a casa, a casa contigo
El fragor del mar me llama a casa, a casa contigo

Una oscura Nochevieja,
en la costa occidental de Clare,
oí cantar tu voz
y tus ojos bailaban la canción,
tus manos tocaban la melodía.
Era una visión que tenía ante mi

Dejamos la música y la danza continuó
cuando nos escapamos a la orilla del mar
y sentimos el olor de la sal
notamos el viento en nuestros cabellos.
Con tristeza te detuviste.

De pronto me di cuenta, de que tendrías que irte.
Mi mundo no era el tuyo, me lo decía tu mirada,
pero fue allí donde percibí la encrucijada del tiempo
y me pregunté por qué.

Al lanzar nuestra mirada sobre el mar alborotado
tuve una visión
de atronadores cascos y batir de alas
entre las nubes que había arriba.

Cuando te diste la vuelta para marcharte
te oí gritar mi nombre.
Eras como un pájaro enjaulado,
desplegando las alas para volar
"Las antiguas costumbres se han perdido", cantabas al volar,
y me pregunto por qué.

El estruendo del mar me llama a casa, a casa contigo
El fragor del mar me llama a casa, a casa contigo

Loreena Mckennitt "The Old Ways"

5 comentarios:

Iohannes Dei dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Iohannes Dei dijo...

Muros, huesos...hasta las mismas estrellas desaparecen en lo que se denomina supernova (¿o se transforman?).
Tengo por ahora una vida que quiero vivir, que quiero compartir. Aquello que es irremediable, lo asumí hace tiempo.

Iohannes Dei dijo...

Me pareces más sobrio cuando escribes, más tú sin las máscaras de las metáforas. Hmmm...

Iohannes Dei dijo...

¿Cómo se puede aplaudir con una única mano? (es un koan).

Antonio dijo...

Buscaba una estrella.

Naufrago en tierra firme