domingo, julio 16, 2006

Porque las cosas no son siempre lo que parecen...


El Dragón Moribundo

La encontré en el bosque un atardecer. Es mi hora predilecta. Aún las copas de los árboles más altos están levemente teñidas de luz; pero en su base hay sombra. Yo prefiero las sombras. No me gusta asustar a ningún ser que se adentre en el bosque, que es mi natural dominio.

La muchacha no se asustó de mí. Venía ensimismada y cabizbaja. Contestó con mucha cortesía a mi saludo. Fui yo quien le preguntó si se hallaba perdida. Levantó los ojos; miró a su alrededor y me contestó: “Si”con una pequeñísima sonrisa.

Se quedó, con entera libertad, a vivir conmigo. Me habló de su rey padre, del palacio grande y muy frío, del protocolo que la aislaba, de los pretendientes alfeñiques y sin ninguna fuerza que se le ofrecían como maridos. Me habló de su hastío y de su búsqueda…A veces apoyaba la cabeza sobre mi cuerpo tendido; a veces me permitía abandonar mi cabeza en su falda. En pocos meses llegamos a entendernos sin hablar…

Ignorábamos todo lo que sucedía fuera. Sin embargo, una mañana escuché a escondidas a dos mujeres que iban hacia el mercado de la ciudad, y hablaban en alto supongo que por temor, igual que todo el mundo. Parece que se intentaba liberar de mí a la muchacha; que se había convocado un torneo cuyo vencedor vendría acto seguido contra mí; que el favorito, que venía de lejos era un caballero nombrado Jorge…

Ella me transmitía su deseo de no ser liberada. Quería permanecer conmigo, hacer con parsimonia las faenas domésticas; cantar por las mañanas al ritmo de los pájaros, escuchar las historias de los animales y de árboles que yo había escuchado a mi vez desde hacía tanto tiempo…

Hoy la muchacha y yo acabábamos de concluir la segunda comida. Se hizo un silencio entre nosotros. Los rompieron unos gritos, unos galopes, unas voces de mando. La muchacha tenía los ojos bajos. Yo pensé que dormía. Me pareció lo mejor que podía sucedernos. Salí a la rasa que hay delante de mi vivienda…

Lo vi, deslumbrante de acero blanco, montado en su caballo soberbio y también blanco. No me dio tiempo a regresar. Me traspasó una y otra vez con su lanza. No me permitió siquiera defenderme. Oí la voz de la muchacha llamándome por mi nombre que sólo ella conoce. Noté que se había echado a llorar sobre mi cabeza. Noté que me abrazaba sollozando…Supe antes de morir, que el caballero no diría nada de eso…Él contaría otra historia.

Antonio Gala "Los invitados al Jardín"

A quienes siguen creyendo en los príncipes azules
A Lía, ¡Ojala nunca dejes de creer en los cuentos de hadas!

2 comentarios:

Iohannes Dei dijo...

Bonito relato.


(Y con respecto a la letra en negrita, Hmmm...no es cuestión de creencia, sino de darse cuenta, porque no va a aparecer como un vendedor de seguros repartiendo su tarjeta. Hay que lanzarse al agua).

Amado Ánguelos

Iohannes Dei dijo...

That's all right

Den Harrow